Creo que ya no me gusta el fútbol


Hace unos años me encontraba perdido, vacío, triste. Me sentía defraudado por algunas situaciones que se daban en el “Mundo del fútbol” y algunos resultados no ayudaron a evitar un quiebre. Esto me llevó a escribir esta reflexión.
Creo que fue una crisis similar a las que tiene una pareja, después de un tiempo juntos.
Me parece apropiado dejárselos en este momento básicamente por dos motivos. Primero, porque creo que es una buena reflexión para el inicio de este blog (o por lo menos más apropiada para su inicio que dejarla para más adelante). Segundo, y ante todo, porque mientras que escribo esta introducción y edito el texto me encuentro mirando fútbol “La Crisis” ya se encuentra superada.
Y es así como me doy cuenta que la relación que tengo con este deporte hoy en día es más solida. Tal como esas discusiones de pareja, luego de pasar unas horas fuera de la casa y enfriar la cabeza uno se arrepiente y se da cuenta que no puede estar lejos de su enamorada/o.

Creo que ya no me gusta el fútbol

El titulo tal vez no sea del todo cierto. Tal vez busco ser tremendista,  captar tu atención para que leas estas palabras. Pero deseo remarcar el “del todo cierto”, porque en parte, en gran parte, si lo es. O tal vez lo sea del todo y yo aun no sea consciente de ello.
Durante mi adolescencia era de ver  2 o 3 partidos por día. Había partido por Champions League, lo veía. Partido de La Liga española, del Calcio, o la Premier League, lo veía. Copa Libertadores, Torneo Argentino, lo veía. Eliminatorias europeas o sudamericanas, lo veía.  Si hiciste un cálculo mental te habrás dado cuenta que miraba un rango de entre 15 a 20 partidos por semana. Probablemente sea una exageración, o tal vez me quede corto y viese más partidos. Al igual que con el título, me cuesta definir si exagero o, lo contrario, me quedo corto.
Claro, tal vez sea que cuando uno es chico las responsabilidades son menos y eso da más tiempo para ver muchos partidos. O las responsabilidades no son de tal magnitud lo que nos permite realizarlas con un ojo en la tele, viendo cómo juega el Real Madrid, la Juventus, el Barsa, o el casi ignoto Apoel Nicosia.
Fechas aparte eran los Mundiales. El mundo se para, ya nada más importa. Para mí, cada mundial era como una visita a Disney, una convención de fútbol que se repite cada 4 años, son días con 4 partidos, de los mejores contra los mejores, compitiendo  por quedarse con la gloria del Campeón del Mundo.
Irónicamente, el primer mundial que disfrute completamente fue, el de mayor decepción en Argentina, el de Corea-Japón 2002, donde los partidos de Argentina no fueron muchos. Pero, como un VERDADERO futbolero (En este punto quisiera detenerme y aclarar algo que me molestó siempre. Quien se jacte de ser “futbolero” debe mirar, mínimamente, 7 partidos por semana, no los Selección y a su equipo mas algún que otro partido perdido, sino que uno por día. Ese es mi piso para adjudicarme tal adjetivo “futbolero”) también seguí el resto de los partidos –Debo confesar que festejé cuando Senegal eliminó a Suecia-. Todos los partidos seguí, octavos, cuartos, semis y la final. Y a pesar que el mundial para Argentina duró un tercio (10 de 30 días) y jugó menos de la mitad de los partidos (tres de los siete encuentros) de lo que a todos los argentinos nos hubiese gustado, puedo afirmar que lo disfruté, de principio a fin.
Luego vino Alemania ’06, otro golpe para el corazón de los argentinos –Creo que era el mundial que mas merecíamos ganarlo, el mejor equipo de ese mundial-. Pero nuevamente, a pesar de la frustración volví a disfrutar cada uno de los partidos.
Sudáfrica 2010 fue una “Montaña Rusa” emocional, donde en un partido sentía que éramos los campeones y me aferraba a cual casualidad aparecía, y en el siguiente sentía que no teníamos la más mínima chance. Este pensamiento finalmente se canalizó en cuartos de final, que al cruzarnos con Alemania nos confirmaba este miedo. El sentimiento que me dejo este mundial la sensación que empezó un día y termino al otro. No tuve, o no me di, el tiempo para disfrutarlo, cuando caí que estaba transcurriendo un mundial, que esa “convención” que se da cada 4 años estaba sucediendo en ese preciso momento, ya estaba terminado. A partir de ese año tome la decisión, a falta de no menos de 15 días para el inicio de la Copa, debía concentrar al igual que lo hacen los futbolistas.
Y llegamos al 2014. Si, Brasil. Todo lo que vengo contándoles para llegar a este punto. El mejor mundial, el que más disfruté. Hermoso, emocionante, con anécdotas y curiosidades alrededor de la Selección Argentina, como nunca. Casi que podría catalogarlo como perfecto, y ya creo que todos sabrán porque casi.
No creo que fuésemos los mejores, como si creo que lo fuimos en el ’06, pero cada partido me dejaba una sensación de que era este, este no se podía escapar. Como si el destino nos sonriese y nos dijese, De este mundial le contaras a tus nietos.
Analizándolo fase por fase, la primera, la de grupos, era accesible, pero se sufrió. Pero creo que dieron el tiempo para marcar certezas y encontrar el equipo, como se dice entre los habladores, o, como se hacen llamar, periodistas.
En octavos, nos tocó Suiza, rival sencillo pero respetable en los papeles, el rival justo para afianzar las ideas encontradas en la fase anterior. Sin embargo, durante el mismo no pensé que fuese un rival sencillo. Sin temor a equivocarme puedo afirmar que es el partido que mas sufrí en mi vida, más que cualquier final o partido clave, sea de Selección o Clubes. Recuerdo vívidamente haber pensado “Porque estoy viendo algo que me está haciendo tan mal”. Si me piden explicaciones de por qué me puse así para un octavos de Final, no podría articular una respuesta. Seguro daría alguna excusa tal vez, pero no sería convincente, ni del todo verdadera. Para ser honesto solo tendría que decir “No sé”.
Para cuartos de final el cruce es con  Bélgica, rival más complicado que el previo, pero mejor que si nos hubiese tocado Alemania u otro “Grande”. E increíblemente, contrario a la fase anterior, ni bien convirtió el Pipita, supe que no podíamos perderlo, era imposible. Nuevamente no podría decir el porqué de mi intuición.
Ya en la semifinal no se pudo evitar y tocó uno de “Los Grandes”, el rival es Holanda, el Rey sin Corona. Este partido no tiene mayor análisis de cómo lo viví, era una semifinal por lo cual lo mire sufriendo, pero no como el de Suiza (mas allá de Robben y el cierre de Mascherano, al cual estaré eternamente agradecido).
Y llegó. La final, tan anhelada, tan codiciada. Y acá es donde se produce el quiebre. Seré sincero y hasta polémico. El partido no lo disfruté, para nada, pero tampoco lo sufrí. Creo que solamente me limite a verla, nada más a ser un mero espectador. Tal vez esto sea peor que sufrirla. Los nervios no me dejaron notar sentimiento alguno por lo que estaba viendo y viviendo. Increíblemente, de hecho, a medida que voy escribiendo afloran más sentimientos que en el transcurso de esa Final.
Llegó el minuto 120, el pitido final, y ahí ocurrió. Muy dentro mío escuche un “Crack” e inmediatamente lo supe, se rompió. Quede anonadado, tal como si ese juguete favorito, el favorito entre los favoritos, el que usabas siempre, se te cayera y con un golpe tonto -ni una décima de fuerte a los golpes que antes ha recibido- y se rompiera en mil pedazos. Y cuando digo mil pedazos, lo digo literalmente. Por que dejó el sentimiento que nunca más se iría a reparar, por que quedó demasiado roto como para poder volver a ensamblarlo.
Por algunos meses  no pude volver a ver partido alguno, apenas podía mirar a mi equipo local, y aun estos no los disfrutaba. Solo los miraba por el compromiso que se autoimpone el hincha de seguir todo partido que juegue su club.
Habré tardado 3 o 4 meses hasta que volví a ver más partidos, pero nunca más como antes, nunca más 20 partidos por semana, apenas si se llega a los 10 por mes. Deje de ser un futbolero.
Han pasado ya 3 años desde ese 13 de Julio del 2014, en el transcurso hubo 2 finales más que, seguramente como sabrán, no ayudaron a cerrar la herida. No creo que la hayan agrandado, creo que ya no se pueda agravar esa herida. La sensación que quedó es como cuando uno se corta, y para suturar le aplican anestesia, la zona queda entumecida, como si fuese cuero la piel. Sin embargo, cada tanto el efecto anestésico de esa final, de ese pitido final, se va y uno se permite sufrir nuevamente. Tal vez, escribir esto me ayude a hacer un cierre, un “duelo”, pero es inevitable pensar que ya es demasiado tarde y creer que ya no me gusta el fútbol, por lo menos no como cuando era chico.



Si tal vez hicieron las cuentas se habrán dado cuenta que esto lo escribí a mediados del 2017, y ya más de 2 años han pasado. Y dos años es mucho, tanto que me permitió sanar. En el transcurso de estos últimos 700 días aprendí que todo, increíblemente todo, lo cura solamente el tiempo. Nada más, ni algún reemplazo o alguna victoria, solo el tiempo.
El punto de inflexión en mi relación con el fútbol, como cabe de esperarse, sucedió en un nuevo mundial, Rusia 2018. Me parece increíble que la relación se quiebre luego del Mundial más importante que yo haya presenciado, y se recomponga luego del Mundial argentino más bochornoso de la historia. Pero lo fue así, no hay o tengo explicación, me es muy raro como funciona mi cabeza.
Como pensaba hace 2 años atrás, el 2014 aun se encuentra “entumecido” y no me he permitido volver a ver nuevamente los partidos de Argentina, ni creo que lo vaya a hacer alguna vez. Pero contra toda predicción el juguete se pudo arreglar. No es lo mismo, y se le notan las marcas por donde se rompió, pero sigue siendo mi Juguete Favorito.

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